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martes, 10 de julio de 2012

Ha fallecido Ángel de Lucas

El domimgo, mientras que estaba con unos compañeros en Collado-Villalba, tras haber bajado de Guadarrama, dando la bienvenida a Madrid de la Marcha Negra, Alfredo no dejaba de llamarme por teléfono.


Alfredo es uno de los pocos compañeros, por no decir el único, con el que conservo la amistad que da haber compartido cinco años en la Facultad de Ciencias Política y Sociología de la Universidad Complutense, profesores e ideas sobre la Sociología que unen tanto.


Alfredo me telefoneaba insistentemente, no oía el teléfono, luego me saltaron los mensajes en el buzón de voz, para decirme que había fallecido uno de nuestros maestros, Ángel de Lucas.


Conocí a Ángel de Lucas por referencias de otros profesores, que me dieron clase antes que él, que formaban parte de la Asociación Madrileña de Sociología Crítica, fundada, entre otros, por los enormes Alfonso Ortí y Jesús Ibáñez.


Ángel de Lucas me dio clase ya en quinto de carrera, Sociología del Consumo. Era un tipo con un gran sentido del humor, dado su íntimo conocimiento del lenguaje, de sus estructuras profundas, de sus significados, de sus relaciones con el inconsciente, de su dialéctica, de su contribución a la creación y mantenimiento de la superestructura.


Ya era mayor. Se presentó, con esa modestía y esa humildad de la que sólo gozan aquellos que son maestros en sus enseñanzas, que transmiten no sólo el conocimiento de la asignatura, si no su experiencia profesional, su vida, con su tranquilidad habitual y acariciándose su largo cabello plateado. Para relajar la situación, siempre incómoda del primer día de clase, nos relató que en el Programa de Estudios, un curso descubrió la errata sobre la denominación de su asignatura, Sociología de Consumo. Entre sonrisas y alguna risa observó que quizá era esa rama del saber sociológico el que más se prestaba al tráfico mercantil y que era una errata con un profundo sentido, momento en el que aprovechó, un gran maestro, para introducirnos mutas mutandis, el paradigma de análisis/ interpretación ofrecido por el psicoanálisis, la lingüística estructural de Ferdinand de Saussure y la teoría marxista como marco de análisis e interpretación del sistema de producción capitalista.


Gracias a él, conocimos a Marcel Mauss y su texto sobre la lógica del don, así como a Malinowski y su obra Los argonautas del Pacífico Sur. Impartía estas primeras clases con la tranquilidad y el sosiego de su carácter, para introducirnos en la crítica apasionada y vehemente del sistema de producción capitalista,  en su carácter histórico y no ineluctable, en sus fantasmas, aportándonos la visión de otros sistemas de distribución, tales como el don, el potlatch. Los compañeros y compañeras le oíamos embobados, él sentado en su mesa, haciéndonos comprensibles términos, conceptos de una gran capacidad crítica, analítica y transformadora de nuestra realidad.


El creía en la Sociología como un saber científico que da cuenta de la realidad social de la que formamos parte, pero aprovechando ese potencial de conocimiento para disponer de las herramientas de transformación de esa realidad de la que se ha dado cuenta.

Profesor asociado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, un tanto ágrafo, da cuenta de su rebeldía y su incoformismo el no haber realizado tesis doctoral, como Ortí, y verse como profesor asociado en la Facultad.


Donde quieras que estés, Ángel, amigo, maestro, siempre te recordaremos con el cariño, la ternura y el reconocimiento que se reservan a los maestros, a aquellos que nos enseñaron a ver, a leer, a observar, a escuchar de otra manera.


Gracias por todo, Ángel. Siempre estarás entre nosotros.

viernes, 28 de octubre de 2011

Emprendedores: un mantra

Atendiendo a los discursos que están produciendo y reproduciendo estos días por el PPSOE y otras organizaciones políticas de la derecha nacionalista en lo que se ha venido en llamar la pre-campaña, llama poderosamente la aparición de la figura del emprendedor.

El emprendedor, dicho groseramente pero gráficamente para entenderos sin más ambages, es el trabajador autónomo que prospera en la marcha de su negocio y puede llegar a convertirse en un pequeño o mediano empresario, lo que confirmaría el éxito de su aventura empresarial.

El emprendedor, repetido hasta la saciedad y hasta llegar a perder el sentido el término y el concepto, es la propuesta estrella en la solución a la crisis galopante del empleo. Sin ir más lejos los datos que se han dado a conocer hoy mismo de la Encuesta de Población Activa del tercer trimestre del año arrojan la cifra de cerca de cinco millones, 4.978.350, de desempleadas y desempleados, que suponen el 21,5 por ciento de la población activa.

Gary Becker, premio Nobel de Economía, y uno de los ideólogos del pensamiento económico neoliberal, acuña el concepto de capital humano. Según esta idea, si deseamos obtener un empleo mejor, más satisfactorio, la responsabilidad es nuestra ya que debemos invertir en nuestra formación. La obtención de un empleo de esas características es función de la inversión de cada uno en su formación. Así, somos todos capitalistas de nosotros mismo, debemos invertir en capital humano.

El desempleo, pues, responde a la falta o inadecuada inversión en formación y a no atender las necesidades y demanda de las empresas en cuanto a la cualificación de la fuerza de trabajo.

El caso es que se eliminan u oscurecen todas las cuestiones sociales y políticas que tienen que ver con la educación y la formación en nuestras sociedades, como si hubiera una suerte de igualdad de oportunidades en este campo. El concepto de capital humano es pura ideología y propaganda.

Si la empresa, no la única pero sí para la ideología neoliberal, es la institución económica que puede generar empleo y esta es incapaz de hacerlo la solución viene dada por convertirnos a todos en empresarios, cuanto menos potenciales. Se trata de ampliar el campo de acción de la ideología neoliberal.

Lo que no se dice es que las relaciones entre empresarios vienen reguladas por el Derecho Mercantil, en el que se establece la igualdad entre las partes, frente al carácter tuitivo del Derecho del Trabajo que, dado ese carácter, parte de la relación desigual entre empresario y trabajador proporcionándole a este último más garantías frente al poder de dirección del empresario, que no es omnímodo.

(En este sentido, otro día hablaré de cómo es que nos manifestamos reclamando más democracia y más participación en la actividad política y como estas cuestiones se quedan en la puerta todos los días una vez entramos a trabajar. ¿Por qué sí más democracia política pero no democracia económica?).

El emprendedor es pues la solución a la crisis de empleo y a la crisis de las políticas de empleo puestas en marcha hasta la fecha, marcadas a fuego por la ideología económica neoliberal, centradas en la esfera de la empresa, -subvenciones a la contratación vía cotizaciones a la Seguridad Social, ayudas al inicio de la actividad, subvenciones fiscales, ayudas a la instalación de empresas en determinados territorios, ... -, frente a  los recortes progresivos que sufren los derechos de los trabajadores y trabajadoras, -cuantía del Salario Mínimo Interprofesional (SMI), cuantía y tiempo de percepción de las prestaciones por desempleo, bajadas salariales, expedientes de regulación de empleo, desregulación progresiva de las relaciones laborales, desarticulación de la negociación colectiva, ...

Todo ello con escaso éxito en la creación de empleo de calidad, en cuanto a las condiciones de trabajo, y estable, en cuanto a la permanencia en el puesto de trabajo. Ni siquiera en momentos de crecimiento económico.  El caso es que esto es lo de menos, el efecto es la transferencia de renta del Estado a los empresarios frente a los recortes y reconsideraciones sobre las políticas activas y pasivas de empleo.

Este programa neoliberal de empleo, centrado en esta ocasión en la figura del emprendedor ¿No suena como excusa para continuar con la transferencia de renta, y por tanto de riqueza, de una clase social en detrimento de otra?

miércoles, 31 de agosto de 2011

Ladrones del mundo, uníos (Slavoj Zizek)

La repetición, según Hegel, tiene un papel crucial en la Historia: cuando algo sucede sólo una vez, puede ser descartado como un accidente, algo que podría haberse evitado si la situación se hubiera manejado de manera diferente; pero cuando el mismo evento se repite, se trata de una señal de que un proceso histórico más profundo se está desarrollando. Cuando Napoleón fue derrotado en Leipzig en 1813, pareció una cuestión de mala suerte; pero cuando perdió de nuevo en Waterloo, estaba claro que su tiempo había pasado. Lo mismo vale para la persistente crisis financiera. En septiembre de 2008, algunos la presentaron como una anomalía que podría corregirse mediante una mejor reglamentación, etc.; pero, ahora que los signos de una crisis financiera se repiten está claro que se trata de un fenómeno estructural.


Se nos dice una y otra vez que estamos viviendo una crisis de la deuda, y que todos tenemos que compartir la carga y apretarnos el cinturón. Todos, es decir, excepto los (muy) ricos. La idea de gravarlos más es tabú: si lo hiciéramos, nos dicen, los ricos no tendrían ningún incentivo para invertir, se crearían menos puestos de trabajo y todos sufriríamos. La única manera de salvarnos en estos tiempos difíciles es empobrecer más a los pobres y enriquecer a los ricos. ¿Qué deberían hacer los pobres? ¿Qué pueden hacer?


A pesar de que los disturbios en el Reino Unido los desencadenó el sospechoso incidente del tiroteo a Mark Duggan, todos coinciden en que expresan una inquietud más profunda. Pero, ¿de qué tipo? Al igual que en la quema de automóviles en las banlieues de París en 2005, los amotinados del Reino Unido no tienen ningún mensaje que transmitir. (Un claro contraste con las manifestaciones masivas estudiantiles de noviembre de 2010, que también fueron violentas. Los estudiantes dejaron claro que rechazaban las reformas propuestas a la educación superior). Por esta razón, es difícil concebir a los alborotadores del Reino Unido en términos marxistas, como ejemplo de la aparición de un sujeto revolucionario; encajan mucho mejor con el concepto hegeliano de «chusma», es decir, los que están fuera del espacio social organizado y que sólo pueden expresar su descontento por medio de arrebatos “irracionales” de violencia destructiva, lo que Hegel llamó “negatividad abstracta”.


Hay un viejo cuento sobre un trabajador sospechosos de robo: todas las noches, al salir de la fábrica, inspeccionaban cuidadosamente la carretilla que empujaba frente a sí. Los guardias no encontraban nada, siempre estaba vacía. Por último, cayeron en la cuenta: lo que el trabajador estaba robando eran las carretillas mismas. Los guardias obviaban la verdad evidente, del mismo modo que han hecho los comentaristas de los disturbios. Se nos ha dicho que la desintegración de los regímenes comunistas, en la década de 1990, marcó el fin de las ideologías: el tiempo de los grandes proyectos ideológicos que culminaron en catástrofes totalitarias había terminado, y habríamos entrado en una nueva era de políticas racionales y pragmáticas. Si el tópico de que vivimos en una era posideológica es cierto en algún sentido, ello es visible en este reciente brote de violencia. Ha sido una protesta de grado cero, una acción violenta sin ninguna exigencia. En su intento desesperado por encontrar significado en los disturbios, los sociólogos y editorialistas han ofuscado el enigma que presentan los disturbios.


Los manifestantes, aunque socialmente desfavorecidos y de facto excluidos, no vivían al borde de la inanición. Personas en mucha peor situación material, para no hablar de situaciones de opresión física e ideológica, han sido capaces de organizarse en fuerza política dotada de programas claros. El hecho de que los alborotadores no tengan programa es pues en sí mismo un dato que exige interpretación y que nos dice mucho acerca de nuestra situación político-ideológica y del tipo de sociedad en que vivimos, una sociedad que celebra la posibilidad de elección, pero cuya única alternativa posible al vigente consenso es un ciego acting out. La oposición al sistema no puede ya articularse en forma de una alternativa realista, o siquiera como un proyecto utópico, sino que sólo puede tomar la forma de un arrebato sin sentido. ¿Qué sentido tiene celebrar nuestra libertad de elección cuando la única opción está entre la aceptación de las reglas del juego y la violencia (auto)destructiva?


Alain Badiou sostiene que vivimos en un espacio social que se experimenta cada vez más como “sin mundo”: en este espacio, la única forma que puede tomar la protesta es la violencia sin sentido. Tal vez es éste uno de los principales peligros del capitalismo: aunque en virtud de su ser global abarca el mundo entero, sostiene una constelación ideológica “sin mundo” en la que se encuentran personas privadas de su modo de localizar significados. La lección fundamental de la globalización es que el capitalismo puede acomodarse a todas las civilizaciones, de la cristiana a la hindú o budista, del Este al Oeste: no hay una visión capitalista global, ni una civilización capitalista en sentido estricto. La dimensión global del capitalismo representa la verdad sin sentido.


La primera conclusión que puede extraerse de los disturbios, por lo tanto, es que tanto las reacciones conservadoras como las liberales ante el descontento no son suficientes. La reacción conservadora ha sido predecible: no hay justificación para este tipo de vandalismo, es preciso usar todos los medios necesarios para restaurar el orden, para evitar más explosiones de este tipo no hace falta más tolerancia y ayuda social sino disciplina, trabajo duro y sentido de la responsabilidad. Lo malo de este relato no es sólo que hace caso omiso de la desesperada situación social que empuja a los jóvenes a estallidos de violencia, sino, tal vez más importante, que no tiene en cuenta la forma en que estos arrebatos se hacen eco de las premisas ocultas de la misma ideología conservadora. Cuando en la década de 1990, los conservadores lanzaron su campaña de “vuelta a lo básico”, su complemento obsceno fue revelado por Norman Tebbitt: “El hombre no es sólo un ser social, sino también un animal territorial; debemos incluir en nuestros programas la satisfacción de estos instintos básicos tribalistas y territoriales".


Esto es lo que la ideología de “vuelta a lo básico” fue, realmente: la liberación del bárbaro que acecha bajo nuestra sociedad aparentemente civilizada y burguesa, mediante la satisfacción de sus “instintos básicos”. En la década de 1960, Herbert Marcuse introdujo el concepto de “desublimación represiva” para explicar la llamada revolución sexual: era posible desublimar los impulsos, darles rienda suelta y mantenerlos sujetos al mecanismo capitalista de control, a saber, la industria del porno. En las calles británicas, durante los disturbios, lo que vimos no eran personas reducidas a bestias, sino la forma esquemática de la “bestia” producto de la ideología capitalista.


Mientras tanto, los progresistas de izquierda, igualmente predecibles, pegados a los mantras de los programas sociales, las iniciativas de integración, el abandono que ha privado a los inmigrantes de segunda y tercera generación de sus perspectivas económicas y sociales: los brotes de violencia son el único modo que tienen que articular su descontento. En lugar de caer nosotros mismos en fantasías de venganza, debemos hacer un esfuerzo para comprender las causas profundas de los estallidos. ¿Podemos siquiera imaginar lo que significa en un barrio pobre ser joven, mestizo, sospechoso por sistema para la policía y acosado ​​por ésta, no sólo desempleado sino también no empleable, sin esperanza de un futuro? La implicación es que las condiciones en que se encuentran estas personas hacen inevitable que salgan a la calle. El problema con este relato, sin embargo, es que sólo cuenta las condiciones objetivas de los disturbios. La revuelta consiste en hacer una declaración subjetiva, declarar de manera implícita cómo uno se relaciona con una sus propias condiciones objetivas.


Vivimos en una época cínica y es fácil imaginar a un manifestante que, atrapado saqueando y quemando una tienda, si se le presiona para que exponga sus razones, responda con el lenguaje utilizado por los trabajadores sociales y los sociólogos, citando cuestiones como escasa movilidad social, inseguridad creciente, desintegración de la autoridad paterna o falta de amor maternal en su más tierna infancia. Él sabe lo que está haciendo, pero no obstante lo hace.


No tiene sentido reflexionar sobre cuál de estas dos reacciones, la conservadora o la progresista, es la peor: como hubiera dicho Stalin, las dos son peores, y eso incluye la advertencia dada por las dos partes de que el peligro real de estas explosiones se encuentra en la reacción predeciblemente racista de la “mayoría silenciosa”. Una de las formas de esta reacción fue la actividad “tribal” de los vecinos locales (turco, caribeño, sikh) que rápidamente se organizaron en unidades de vigilancia para proteger su propiedad. ¿Son los comerciantes una pequeña burguesía dispuesta a defender su propiedad contra una protesta genuina, aunque violenta, contra el sistema, o son representantes de la clase obrera en lucha contra las fuerzas de desintegración social? Aquí también deberíamos rechazar la exigencia de tomar partido. La verdad es que el conflicto se dio entre dos polos de los más desfavorecidos: los que han conseguido funcionar en el marco del sistema en oposición a aquellos que están demasiado frustrados para seguir intentándolo. La violencia de los manifestantes estuvo dirigida casi exclusivamente contra su propio grupo. Los coches quemados y las tiendas saqueadas no lo fueron en los barrios ricos, sino en los propios barrios de los manifestantes. El conflicto no es entre diferentes segmentos de la sociedad; es, en su manifestación más radical, el conflicto entre una sociedad y otra, entre los que tienen todo y que no tienen nada que perder; entre los que no tienen ningún interés en su comunidad y aquellos cuya apuesta es la más alta posible.


Zygmunt Bauman ha caracterizado los disturbios como acciones de “consumidores defectuosos y descalificados”: más que nada, una manifestación de un deseo consumista violentamente escenificado, incapaz de realizarse en el modo adecuado: por la compra. Como tal, también contiene un momento de genuina protesta, en forma de una irónica respuesta a la ideología consumista: “¡Nos invitan a consumir, a la vez que nos privan de los medios para hacerlo adecuadamente; así que lo estamos haciendo de la única manera que podemos! “ Los disturbios son una manifestación de la fuerza material de la ideología, lo que desdeciría la llamada “sociedad posideológica”. Desde un punto de vista revolucionario, el problema con los disturbios no es la violencia como tal, sino el hecho de que la violencia no sea realmente autoasertiva. Es rabia impotente y desesperación enmascaradas como exhibición de fuerza, es la envidia disfrazada de carnaval triunfante.


Los disturbios deberían enmarcarse en relación con otro tipo de violencia que la mayoría progresista actual percibe como una amenaza a nuestra forma de la vida: los ataques terroristas y los atentados suicidas. En ambos casos, violencia y contraviolencia se encuentran atrapadas en un círculo vicioso, cada una de ellas generando las fuerzas que trata de combatir. En ambos casos, estamos hablando de ciegos passages à l'acte, en los que la violencia es un reconocimiento implícito de impotencia. La diferencia es que, a diferencia de los disturbios del Reino Unido o de París, los ataques terroristas se llevan a cabo al servicio del Significado Absoluto que proporciona la religión.


¿Pero no fueron los levantamientos árabes un acto colectivo de resistencia que evitó la falsa alternativa de violencia autodestructiva y fundamentalismo religioso? Lamentablemente, el verano egipcio de 2011 será recordado como el fin de la revolución, el momento en que su potencial emancipador fue sofocado. Sus sepultureros han sido el ejército y los islamistas.


Los contornos del pacto entre el ejército (que sigue siendo el ejército de Mubarak) y los islamistas (que fueron marginados en los primeros meses del levantamiento, pero que están ganando terreno) son cada vez más claros: los islamistas tolerarán los privilegios materiales del ejército y a cambio proporcionarán la hegemonía ideológica. Los perdedores serán los progresistas prooccidentales, demasiado débiles –a pesar de los fondos de la CIA que reciben– para “promover la democracia”, así como los verdaderos agentes de los acontecimientos de primavera, la izquierda laica emergente que ha tratado incesantemente de crear una red de organizaciones de la sociedad civil, de los sindicatos a las feministas. Antes o después, la situación económica, que empeora rápidamente, sacará a los pobres, en gran parte ausentes de las protestas de primavera, a las calles. Es probable que haya una nueva explosión, que plantee la difícil pregunta de quiénes son los sujetos políticos de Egipto que capaces de canalizar la rabia de los pobres. ¿Quién va a traducirla a un programa político: la nueva izquierda laica o los islamistas?


La reacción predominante de la opinión pública occidental ante el pacto entre los islamistas y el ejército será sin duda una exhibición triunfal de sabiduría cínica: se nos dirá que, como quedó claro en el caso de Irán (país no árabe), los levantamientos populares en los países árabes siempre terminan en un islamismo militante. Y Mubarak aparecerá como si hubiera sido un mal muy menor: mejor seguir con el diablo conocido que enredar con la emancipación. Contra tal cinismo, uno debería permanecer incondicionalmente fiel a la esencia radical-emancipatoria del levantamiento egipcio.


Pero también es preciso evitar la tentación del narcisismo de la causa perdida: es muy fácil admirar la belleza sublime de los levantamientos condenados al fracaso. La izquierda de hoy se enfrenta al problema de la “negación determinada”: ¿qué nuevo orden deberá sustituir al antiguo después del levantamiento, cuando el sublime entusiasmo del primer momento se haya acabado?
En este contexto, el manifiesto de los indignados (1) españoles, emitido después de las manifestaciones de mayo, es revelador. Lo primero que salta a la vista es el tono deliberadamente apolítico: “Algunos de nosotros nos consideramos progresistas, otros conservadores. Algunos de nosotros somos creyentes, otros no. Algunos de nosotros tenemos ideologías claramente definidas, los demás son apolíticos, pero todos estamos preocupados e indignados por las perspectivas políticas, económicas y sociales que vemos a nuestro alrededor: la corrupción de políticos, empresarios y banqueros, que nos deja indefensos, sin voz.”


Protestan en nombre de las verdades inalienables que deberían regir nuestra sociedad: “el derecho a la vivienda, el empleo, la cultura, la salud, la educación, la participación política, el desarrollo libre y personal y los derechos del consumidor, para una vida sana y feliz.” En su rechazo a la violencia, instan a una “evolución ética”. “En lugar de colocar el dinero por encima de los seres humanos, lo pondremos de nuevo a nuestro servicio. Somos personas, no productos. Yo no soy un producto de lo que compro, de por qué lo compro y a quién se lo compro.”


¿Quiénes serán los agentes de esta revolución? Los indignados descartan a toda la clase política, derecha e izquierda, como corrupta y poseída por el ansia de poder, sin embargo, el manifiesto consiste en una serie de demandas… ¿dirigidas a quién? No a la propia gente: los indignados (todavía) no afirman que nadie más lo hará en su lugar, que ellos mismos tienen que ser el cambio que quieren ver. Y esta es la fatal debilidad de las recientes protestas: expresan una auténtica rabia incapaz de transformarse en un programa positivo de cambio sociopolítico. Expresan el espíritu de revuelta sin revolución.


La situación en Grecia parece más prometedora, probablemente debido a la tradición reciente de autoorganización progresista (que desapareció en España después de la caída del régimen de Franco). Pero también en Grecia el movimiento de protesta muestra los límites de la autoorganización: los manifestantes mantienen un espacio de libertad igualitaria, sin autoridad central que lo regule, un espacio público donde a todos se les asigna el mismo tiempo de intervención, y así sucesivamente. Cuando los manifestantes comenzaron a debatir qué hacer a continuación, cómo ir más allá de la mera protesta, el consenso de la mayoría fue que lo que se necesitaba no era un nuevo partido o un intento directo de tomar el poder estatal, sino un movimiento cuyo objetivo sea ejercer presión sobre los partidos políticos. Esto claramente no es suficiente para imponer una reorganización de la vida social. Para conseguirlo, se necesita un organismo fuerte, capaz de tomar decisiones rápidas y ponerlas en práctica con todo el rigor necesario.


(Fuente: Rebelión. Fuente original: London Review of Books Traducción: S. Seguí).

miércoles, 11 de mayo de 2011

Política y corrupción


¿Qué es lo que mueve a la corrupción de un cargo público? El egoísmo, la avaricia, la codicia. El yo frente al vosotros o ellos.

¿Cómo se produce la corrupción? Por el uso del cargo público para la obtención de un beneficio particular ajeno al interés público.

Es una inversión de valores: puesta de lo público a disposición del interés particular, privado.

Bajo estas premisas ¿Se puede promover el interés general de este modo? ¿Desde la posición, la óptica del interés privado, particular? ¿Qué extraños mecanismos conducen del interés privado , particular y exclusivo, como algo excluyente de lo que puedo disfrutar yo solo, al interés general, al bienestar, a la resolución de problemas generales?

¿Bajo qué condiciones se produce la corrupción? Una de esas condiciones básicas es que la ciudadanía llegue a aborrecer la política. La promoción interesada de que la política es algo muy complicado, muy sofisticado, que debe realizarse por profesionales altamente cualificados en la materia, con unos conocimientos que no posee la mayoría, esto es, la ciudadanía.

Uno de los efectos de lo anterior es la separación artificial y artificiosa de la ciudadanía del lazo que la constituye en sociedad: la política.

Entre los efectos de la corrupción en la política destaca la desafección de la ciudadanía a la política, a la cosa pública bajo la manifestación del "todos los políticos son iguales".

Otro efecto, ligado al anterior, es el incremento de la corrupción mediante la multiplicación de los agentes corruptores, los que corrompen, y los corrompidos, los que se dejan corromper.

Algunos aducen que es la naturaleza humana, cosas del "fatum" griego, del destino. Así, llegamos al sistema político más corrupto de todos: el fascismo, dicho sin ambages.

¿Qué hacer? ¿Qué planteamos? El llamamiento a la ciudadanía a la participación política: a interesarse y a preocuparse por la política.

El llamamiento a que se organicen para la defensa de sus intereses, sus preocupaciones. La política aparece así como actividad, no como una cuestión de poder. El poder es un efecto de la actividad política, no la política misma.

La política es altruismo. Es formar parte de la sociedad en la que vivimos, de la que formamos parte. En la Grecia clásica la política era algo virtuoso.

La política, como actividad, es la participación de la ciudadanía, la preocupación por los demás, por lo común, por lo que es de todos, por el bienestar, por la calidad de vida.

Debemos, porque tenemos la obligación de que así sea, denunciar sistemáticamente los límites que imponen a que la ciudadanía no participe en la actividad política.


jueves, 31 de marzo de 2011

¿Qué te sugiere?

Padre e hijo iban en coche a un partido de fútbol. Al cruzar un paso a nivel se les caló el motor. Se oyó el distante silbido de un tren. El padre intentó frenéticamente poner de nuevo en marcha el auto, pero, atolondrado por el terror no lo consiguió. El tren, lanzado a gran velocidad, alcanzó al automóvil. Una ambulancia, llamada a toda prisa, les recogió. De camino al hospital el padre murió. El hijo llegó vivo, aunque en estado crítico y requería intervención quirúgica inmediata; se le condujo sin demora al quirófano de urgencias. El cirujano de guardia esperaba encontrarse con otro caso de rutina,  pero al ver al muchacho empalideció y con voz entrecortada gimió: "No puedo intervenirle ¡Es mi hijo!"

Deja escapar tu imaginación ... en los comentarios pongo la respuesta.