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martes, 26 de marzo de 2013

35 años de la Cultura de la Transición

La compra compulsiva de libros lleva a  que se tengan más libros pendientes de leer que tiempo para leerlos.

El verano es una magnífica ocasión para ir a la estantería donde están esos libros, echarles un vistazo y coger algunos que son los que más te llaman la atención a simple vista.

Este fue el caso de CT o la Cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española, del que tenía unas magníficas referencias a través de Internet.



La excusa para comentar este libro, de lectura imprescindible en estos tiempos que corren en el que los diferentes pactos que dieron lugar a la Transición democrática en nuestro país hacen aguas por todas partes, me viene por el escándalo que ha provocado un programa cultural de un canal de la televisión catalana y el modo en que fue tratado en el programa de televisión El Gran Debate, de Telecinco, tanto por el presentador como por los contertulios que conforman el programa.

El programa de la televisión catalana es Bestiari il-lustrat, algo así como el Bestiario ilustrado. Se trata de un programa cultural que da cuenta de la escena underground de la cultura catalana. 

En el programa que causó tanta indignación y crítica se entrevistaba el escritor Jair Domínguez mientras daba un paseo con la entrevistadora. Comentaban la actualidad política y la indignación que le provocaba al escritor. En un momento dado de la entrevista se paran, el escritor saca una pistola y apunta a unas dianas.

El vídeo, que me ha costado encontrar en Internet, es este.



El escándalo viene dado por los personajes a los que se dispara, sacrosantas imágenes de nuestra cultura y política.

Una monarquía, la nuestra, puesta a dedo por el dictador Francisco Franco y luego refrendada en un paquete único e indivisible como fue la Constitución de 1978.


La monarquía británica que, desde luego, ha conocido tiempos mucho mejores y de mayor esplendor regio.


El opinador (?) Salvador Sostres, látigo de lo que podria denominarse extrema derecha catalana, que sólo pretende provocar y que sólo lo consigue, mal que le pese, a las cabezas biempensantes, columna tras columna en el diario El Mundo.


Finalmente, Félix Mollet, el que fue director del Palau de la Música, institución sagrada de la alta burguesía catalana, cuyo cargo aprovechó presuntamente para enriquecerse personalmente y derivar fondos para financiar a Convergencia i Unió.


Las consecuencias de esta entrevista fueron la dimisión inmediata de la directora del programa, con las excusas oportunas, y la opinión monolítica de los contertulios de El Gran Debate de que era una irresponsabilidad la emisión de la entrevista y la falta de respeto al tratar de esa forma a esas personas. Ni una sola voz se alzó en ese programa para defender  de alguna manera la entrevista, tal que se trataba de algo simbólico, que no hacía daño absolutamente a nadie, que era algo pueril o siquiera, que era de mal gusto.


Res de res. Nada de nada, ni tan siquiera por parte de alguno de los contertulios que van de progresistas.


Desde luego en el plano cultural, y es mi punto de vista personal e intransferible, todo está permitido. La cultura es ese ámbito donde la libertad campea a sus anchas, pace donde le place, y allá cada cual con los efectos que le provoca.


El caso es que este programa ilustra perfectamente el estado de la cultura en nuestro país y de sus hacedores mainstream.


Retorno el libro del que comenzaba a hablar, ya que el programa de la televisión catalana sólo era una excusa para hablar de él.


El libro es una obra colectiva. Comienza por una definición de la Cultura de la Transición, -CT-, como tapón cultural que determina el qué debe ser reconocido como cultura. Cuestión esta que no deja de ser una limitación a la libertad, debido a que en la Transición se intercambio Justicia por Libertad, -muy pacata, eso sí y restringida-, y estabilidad por democratización, como efecto de lo primero. El efecto es que la cultura está muy notablemente desactivada: no hay una lectura crítica de prácticamente ningún hecho social, y cuando surge es rápida y ampliamente criticada y menospreciada.

Continua el libro con diversas dimensiones de la Cultura de la Transición: los movimientos sociales emergentes; la Política como alcance y gestión del centro (?), criticándose cualquier iniciativa política radical, -este adjetivo lo pone la cultura oficial-; la política económica imbuida por la ideología neoliberal, de la que se han imbuido los dos grandes partidos, PPSOE, que ha conducido a que sólo se pueda aplicar una sola política económica, la neoliberal, y tachando de utópica, irrealizable, cualquier planteamiento alternativo a esa la política económica neoliberal; la crítica literaria, en la que se reparten los roles entre los diferentes escritores y literaturas, legitimándose y amplificándose esas elecciones y posiciones por las revistas y suplementos culturales de los principales diarios; el papel de la Sociedad General de Autores de España (SGAE) en la perpetuación y gestión de un modelo de cobro por los derechos de propiedad intelectual absolutamente anacrónico en la era de Internet; la entronización de diferentes Movidas como ejemplo de la creación musical libre que se ha hecho en este país, -en este caso no me resisto a comentar que un veterano crítico musical británico vino a Madrid a dar cuenta de la escena musical, que no le llamó nada la atención por cierto, pero sí alucinó con Los Chichos y Los Chunguitos-; el cine oculto por las productoras y las grandes distribuidoras, y ya se sabe que el cine que no se ve no existe; el reto que supone Internet para la Cultura de la Transición por la multiplicación de mensajes, visiones y de emisores que se retroalimentan y que ya no precisan de un soporte ni oficial ni oficioso, entre otras cuestiones.

En fin, antes de terminar este post debo comentar que la presentadora y el escritor Jair Domínguez han sido citados a declarar como imputados por delito contra la Corona a comienzos de este año.

Tela.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Seis piezas para reconstruir la Izquierda

Artículo de Juan Torres López. Consejo científico de ATTAC.


El contexto actual –crisis económica y social de gran envergadura– debería ser, objetiva y electoralmente, favorable a las izquierdas. Sin embargo, no lo es. En particular en España, donde las encuestas prevén una victoria de las derechas en las elecciones generales del 20 de noviembre. ¿Cómo se explica que el mayor descalabro en un siglo de las tesis económicas conservadoras coincida con el fracaso de la izquierda ? ¿Qué debe hacer ésta para reconstruirse?
El periodo de perturbaciones financieras y sociales que estamos viviendo revela muchas carencias y frustraciones. Puede decirse, como los propios dirigentes conservadores lo reconocen, que el sistema capitalista está registrando una falla de extraordinaria intensidad. Podría hablarse incluso de fracaso histórico. Treinta y cinco mil muertes diarias por hambre y un sistema financiero internacional al borde de la quiebra generalizada serían suficientes argumentos para mantener esa afirmación.
Pero, al mismo tiempo, es imposible dejar de reconocer que se ha producido un fracaso paralelo de las organizaciones de la izquierda tradicional y de los movimientos alternativos a la hora de impedir que esa crisis del sistema se haya resuelto con un avance sustancial hacia la superación del capitalismo y hacia el mayor empoderamiento (empowerment) de las clases trabajadoras y, en general, de la población que sufre.
Es cierto que este fracaso tiene su origen en una contundente ofensiva previa de las fuerzas del capital que no dudaron en acabar con la vida de miles de personas con tal de soslayar cualquier atisbo de cambio social que perjudicara a los grandes poderes financieros, económico y mediáticos. Y que la derrota de las fuerzas de izquierda es debida, en gran parte, a las formas muy antidemocráticas que ha venido utilizando el capitalismo neoliberal de nuestra época.
Y es verdad también que el fracaso no ha sido total, si se tiene en cuenta que la forma en que se resuelve la crisis está levantando una oleada planetaria de indignación, una rebeldía que se hace notar cada vez con más fuerza que quizá sea el origen de un nuevo espacio de lucha social y de sujetos políticos de nuevo tipo, con más capacidad de impulsar cambios, como lo está siendo en España el Movimiento 15-M.
Pero, en todo caso, es evidente que éstos últimos se encuentran todavía en fase muy embrionaria y que, de momento, no son capaces de generar la fuerza necesaria ni para frenar la ofensiva del capitalismo neoliberal, ni para constituir una alternativa deseada, creíble a la que los poderes dominantes le tengan temor.
Por eso, está injustificado continuar actuando desde las filas de las izquierdas como si nada hubiera pasado, ajenos a la impotencia efectiva que padece la izquierda a la hora de proponer alternativas, de hacerlas atractivas para las mayorías sociales y de frenar los continuos ataques al bienestar, a la democracia y a la libertad que se vienen produciendo.
Este fracaso de las izquierdas no tiene que ver sólo con circunstancias coyunturales. Es la culminación de una serie de deficiencias y limitaciones históricas muy graves en el discurso y en la práctica que las diferentes sensibilidades de la izquierda vienen realizando.
Estas limitaciones podrían resumirse en un efecto principal : la incapacidad para influir en las condiciones que generan hegemonía y consenso social. Y eso por varias razones.
En primer lugar : los discursos de la izquierdas siguen basándose en categorías intelectuales y formales que ya no entroncan con los códigos con los que la sociedad percibe los fenómenos sociales. Puede ser cierto que eso responde a un empobrecimiento de los modos de analizar el mundo y a una banalización de los códigos de percepción y socialización, pero la realidad es que la terminología, los tonos, las formas y los iconos de las izquierdas más o menos convencionales no encajan hoy con el lenguaje dominante en nuestras sociedades. La prueba de ello es que, al mismo tiempo que las organizaciones más tradicionales apegadas a este tipo de discurso se hacen cada vez más ajenas a la población, otras de carácter más abierto, de expresión más plural y lenguaje menos nominalizado –como pueden ser ATTAC u otras asociaciones y movimientos de este tipo, como la reciente Democracia Real Ya, en el seno del 15-M–, son capaces de desplegar mucha más influencia y capacidad de convencimiento e incluso movilización social.
Aunque pudiera ser cierto que este fenómeno sea el resultado de los ataques injustos, de la demonización por parte de los grandes poderes mediáticos, lo cierto es que la vieja iconografía de las banderas, de las hoces y martillos o de los discursos de las grandes categorías de la mecánica social del siglo XIX ya no permiten que haya entendimiento y empatía entre las izquierdas que se amparan en ellos y las gentes normales y corrientes a las que se apela.
En particular, las izquierdas tradicionales parecen seguir empeñadas en entender que los cambios sociales se producen a través de la acción de sujetos colectivos impersonales (la “clase obrera”, el “proletariado”), sin percatarse de que si bien las clases siguen siendo cada vez más nítidas y reales, lo cierto es que los cambios no los realizan las categorías sociológicas sino las personas.
En segundo lugar : a las izquierdas les falta humanidad, en el sentido más lato del término : hablarle a los ojos a los seres humanos, rozarse con ellos (como, por cierto, pasaba en los primeros hitos de los movimientos obreros organizados), gozar y sufrir con ellos, en lugar de hablarles para llamarles a la acción desde la (falsa) seguridad de que conocen sus destinos y la forma en que pueden conquistarse. Es decir, haciéndose cómplices y no dándoles órdenes.
Casi todas las izquierdas están ancladas además en discursos maximalistas que la inmensa mayoría de la gente considera hoy día completamente extemporáneos, como consecuencia de esa especie de disociación cognitiva entre sus respectivas formas de ver la naturaleza de los asuntos sociales e incluso en las de expresarlos verbalmente.
En tercer lugar, las izquierdas vienen mostrándose incapaces de gobernar la diversidad, incluso su propia diversidad interna. Sigue estando asociada a depuraciones, batallas cainitas, divisiones, secesiones y a todo tipo de rupturas. No por casualidad sino como fruto de lo que acabo de señalar. Cada sensibilidad de izquierdas se presume dueña de las claves que permiten interpretar lo que ocurre en el mundo y solucionarlo. La socialdemocracia es “traidora” para quienes están a su izquierda, pero la izquierda comunista tradicional es “reformista” para la que se cree más anticapitalista, y ésta última perfectamente asociable a la anterior para los anarquistas o autonomistas, y así sucesivamente. Una patología que, a su vez, se reproduce en el seno de cada una como puede percibir cualquier observador, incluso lejano, de lo que ocurre en la izquierda.
Eso se traduce no sólo en una falta de afecto de la sociedad hacia quien así se comporta, sino también en una desunión visceral. Lo cual impide que las respuestas frente a las agresiones del capital sean eficaces.
Se trata de una herencia pesada que sigue haciendo que la izquierda se deje llevar por el mecanicismo que se transmuta en totalitarismo cuando se desenvuelve entre algo que tenga que ver con el reparto del poder (por muy insignificante que este sea). No sólo en el nivel operativo o de la acción sino en el de acuerdo sobre cuestiones básicas que es increíble que aún no estén resueltas de común acuerdo : el papel de la presencia en las instituciones, del trabajo sindical, etc.
En cuarto lugar, la izquierda paga muy caro también su incapacidad para “adelantar” a la sociedad lo que le ofrece, para anticiparle de alguna forma el tipo de mundo que desea alcanzar. Salvo casos muy excepcionales, y precisamente por ello muy valiosos, y sobre todo en procesos dirigidos por experiencias de participación popular más que por la izquierda tradicional, apenas tenemos entre nosotros experiencias de nuevas formas de organización económica, financiera, social, urbana… salvo casos, repito, muy singulares y excepcionales. Algo muy diferente a lo que ocurría en los primeros pasos de los movimientos obreros organizados cuando se creaban cooperativas, vínculos de solidaridad personal y social muy visibles, y experiencias de vida en común que permitían que los trabajadores comprobasen que valía la pena optar por otro modo de vivir y de actuar.
Todo lo anterior no puede ser ajeno al desprecio de las actividades formativas, a la escasa relevancia que se da a la consistencia intelectual de la militancia de izquierdas. Es tan significativo como lamentable que no existan experiencias de escuelas, de seminarios conjuntos, de medios de comunicación compartidos, de revistas…. de izquierdas. La cuestión estriba, pues, en reflexionar sobre si se pueden superar estas deficiencias.
No va a ser tarea fácil porque se implican muchas dimensiones del problema y a muchos sujetos y organizaciones, pero se trata de un reto al que están abocadas las diferentes corrientes y sensibilidades de la izquierda si no quieren ir desapareciendo y quedar definitivamente convertidas en resquicios de épocas pasadas.
El primer requisito es asumir que esta tarea requiere un esfuerzo gigantesco y sincero de convergencia. Es imprescindible unir fuerzas y llevar a cabo un acercamiento de análisis de la situación y de propuestas. Hay que superar la fragmentación, el ensimismamiento y el conformismo con ocupar una trinchera propia inexpugnable en torno a principios abstractos y cada vez más vacíos de contenido.
El segundo requisito : poner en primer plano la movilización social más amplia posible. El dominio del capitalismo neoliberal tiene el inconveniente de que es extraordinariamente agresivo pero la ventaja, desde el punto de vista de hacerle frente, es que afecta a clases y capas sociales muy amplias, muchas de ellas ajenas a los espacios a los que tradicionalmente se ha asociado la izquierda.
Dirigirse solamente a las personas de izquierda, apelar exclusivamente a la unión de las izquierdas, puede ser un prerrequisito pero no un objetivo final porque esto sería limitarse a querer movilizar a un porcentaje ya casi ínfimo de la sociedad. Se trata, por el contrario, de actuar como catalizadores de la respuesta social más amplia posible, de todos y todas “los de abajo”. Teniendo en cuenta que las agresiones del neoliberalismo se producen no sólo a las clases trabajadoras sino a pequeños y medianos empresarios, a autónomos o profesionales, a las clases pasivas, o a los jóvenes y a los jubilados, a las mujeres, sin distinción de ideologías e incluso de posición social.
Es preciso pues que las izquierdas recobren su capacidad de interlocución con la sociedad y que no se dediquen a hablar con ellas mismas, que recuperen el sentido humano de la vida política, que humanicen sus discursos vaciándolos de categorías nominalistas para llenarlos de fraternidad, de sentimientos y de cercanía a la gente que no necesariamente comparte –ni va a compartir jamás con ella– los códigos de pensamiento y lenguaje.
La izquierda, además, debe ser consciente de que es imposible llevar a cabo los cambios sociales sólo con sus propios partidarios o fieles, o jugando el partido “en casa”. Se debe hacer con los mimbres que hay en cada momento, con la oposición de buena parte de la sociedad a la que no se puede hacer desparecer y caminando constantemente contra la corriente. Percibir que se actúa en un mundo complejo, y aprender a actuar en estas condiciones es la gran tarea pendiente de las izquierdas y sin lo cual es imposible que puedan salir adelante sus propuestas de cambio.
Si la izquierda avanza en estas líneas de convergencia y empatía con la sociedad podrá abordar otros pasos de los que depende la quiebra del sistema de dominio en el que estamos : rompiendo su legitimación, haciendo saltar los consensos básicos del neoliberalismo, mostrando que sus instituciones no funcionan y presentando a la sociedad nuevas alternativas.
Los movimientos de “indignados” y el 15-M, demuestran que son muchas las personas dispuestas a afrontar el reto de pensar y hablar de otro modo a la sociedad para desvelar y combatir las injusticias y la explotación. Lo harán con o sin las izquierdas tradicionales. Así que a éstas más les vale ponerse al día, quitarse los viejos ropajes y meterse, con inteligencia y humildad, en los nuevos espacios de la política contemporánea.
(Vía ATTAC España).

miércoles, 31 de agosto de 2011

Ladrones del mundo, uníos (Slavoj Zizek)

La repetición, según Hegel, tiene un papel crucial en la Historia: cuando algo sucede sólo una vez, puede ser descartado como un accidente, algo que podría haberse evitado si la situación se hubiera manejado de manera diferente; pero cuando el mismo evento se repite, se trata de una señal de que un proceso histórico más profundo se está desarrollando. Cuando Napoleón fue derrotado en Leipzig en 1813, pareció una cuestión de mala suerte; pero cuando perdió de nuevo en Waterloo, estaba claro que su tiempo había pasado. Lo mismo vale para la persistente crisis financiera. En septiembre de 2008, algunos la presentaron como una anomalía que podría corregirse mediante una mejor reglamentación, etc.; pero, ahora que los signos de una crisis financiera se repiten está claro que se trata de un fenómeno estructural.


Se nos dice una y otra vez que estamos viviendo una crisis de la deuda, y que todos tenemos que compartir la carga y apretarnos el cinturón. Todos, es decir, excepto los (muy) ricos. La idea de gravarlos más es tabú: si lo hiciéramos, nos dicen, los ricos no tendrían ningún incentivo para invertir, se crearían menos puestos de trabajo y todos sufriríamos. La única manera de salvarnos en estos tiempos difíciles es empobrecer más a los pobres y enriquecer a los ricos. ¿Qué deberían hacer los pobres? ¿Qué pueden hacer?


A pesar de que los disturbios en el Reino Unido los desencadenó el sospechoso incidente del tiroteo a Mark Duggan, todos coinciden en que expresan una inquietud más profunda. Pero, ¿de qué tipo? Al igual que en la quema de automóviles en las banlieues de París en 2005, los amotinados del Reino Unido no tienen ningún mensaje que transmitir. (Un claro contraste con las manifestaciones masivas estudiantiles de noviembre de 2010, que también fueron violentas. Los estudiantes dejaron claro que rechazaban las reformas propuestas a la educación superior). Por esta razón, es difícil concebir a los alborotadores del Reino Unido en términos marxistas, como ejemplo de la aparición de un sujeto revolucionario; encajan mucho mejor con el concepto hegeliano de «chusma», es decir, los que están fuera del espacio social organizado y que sólo pueden expresar su descontento por medio de arrebatos “irracionales” de violencia destructiva, lo que Hegel llamó “negatividad abstracta”.


Hay un viejo cuento sobre un trabajador sospechosos de robo: todas las noches, al salir de la fábrica, inspeccionaban cuidadosamente la carretilla que empujaba frente a sí. Los guardias no encontraban nada, siempre estaba vacía. Por último, cayeron en la cuenta: lo que el trabajador estaba robando eran las carretillas mismas. Los guardias obviaban la verdad evidente, del mismo modo que han hecho los comentaristas de los disturbios. Se nos ha dicho que la desintegración de los regímenes comunistas, en la década de 1990, marcó el fin de las ideologías: el tiempo de los grandes proyectos ideológicos que culminaron en catástrofes totalitarias había terminado, y habríamos entrado en una nueva era de políticas racionales y pragmáticas. Si el tópico de que vivimos en una era posideológica es cierto en algún sentido, ello es visible en este reciente brote de violencia. Ha sido una protesta de grado cero, una acción violenta sin ninguna exigencia. En su intento desesperado por encontrar significado en los disturbios, los sociólogos y editorialistas han ofuscado el enigma que presentan los disturbios.


Los manifestantes, aunque socialmente desfavorecidos y de facto excluidos, no vivían al borde de la inanición. Personas en mucha peor situación material, para no hablar de situaciones de opresión física e ideológica, han sido capaces de organizarse en fuerza política dotada de programas claros. El hecho de que los alborotadores no tengan programa es pues en sí mismo un dato que exige interpretación y que nos dice mucho acerca de nuestra situación político-ideológica y del tipo de sociedad en que vivimos, una sociedad que celebra la posibilidad de elección, pero cuya única alternativa posible al vigente consenso es un ciego acting out. La oposición al sistema no puede ya articularse en forma de una alternativa realista, o siquiera como un proyecto utópico, sino que sólo puede tomar la forma de un arrebato sin sentido. ¿Qué sentido tiene celebrar nuestra libertad de elección cuando la única opción está entre la aceptación de las reglas del juego y la violencia (auto)destructiva?


Alain Badiou sostiene que vivimos en un espacio social que se experimenta cada vez más como “sin mundo”: en este espacio, la única forma que puede tomar la protesta es la violencia sin sentido. Tal vez es éste uno de los principales peligros del capitalismo: aunque en virtud de su ser global abarca el mundo entero, sostiene una constelación ideológica “sin mundo” en la que se encuentran personas privadas de su modo de localizar significados. La lección fundamental de la globalización es que el capitalismo puede acomodarse a todas las civilizaciones, de la cristiana a la hindú o budista, del Este al Oeste: no hay una visión capitalista global, ni una civilización capitalista en sentido estricto. La dimensión global del capitalismo representa la verdad sin sentido.


La primera conclusión que puede extraerse de los disturbios, por lo tanto, es que tanto las reacciones conservadoras como las liberales ante el descontento no son suficientes. La reacción conservadora ha sido predecible: no hay justificación para este tipo de vandalismo, es preciso usar todos los medios necesarios para restaurar el orden, para evitar más explosiones de este tipo no hace falta más tolerancia y ayuda social sino disciplina, trabajo duro y sentido de la responsabilidad. Lo malo de este relato no es sólo que hace caso omiso de la desesperada situación social que empuja a los jóvenes a estallidos de violencia, sino, tal vez más importante, que no tiene en cuenta la forma en que estos arrebatos se hacen eco de las premisas ocultas de la misma ideología conservadora. Cuando en la década de 1990, los conservadores lanzaron su campaña de “vuelta a lo básico”, su complemento obsceno fue revelado por Norman Tebbitt: “El hombre no es sólo un ser social, sino también un animal territorial; debemos incluir en nuestros programas la satisfacción de estos instintos básicos tribalistas y territoriales".


Esto es lo que la ideología de “vuelta a lo básico” fue, realmente: la liberación del bárbaro que acecha bajo nuestra sociedad aparentemente civilizada y burguesa, mediante la satisfacción de sus “instintos básicos”. En la década de 1960, Herbert Marcuse introdujo el concepto de “desublimación represiva” para explicar la llamada revolución sexual: era posible desublimar los impulsos, darles rienda suelta y mantenerlos sujetos al mecanismo capitalista de control, a saber, la industria del porno. En las calles británicas, durante los disturbios, lo que vimos no eran personas reducidas a bestias, sino la forma esquemática de la “bestia” producto de la ideología capitalista.


Mientras tanto, los progresistas de izquierda, igualmente predecibles, pegados a los mantras de los programas sociales, las iniciativas de integración, el abandono que ha privado a los inmigrantes de segunda y tercera generación de sus perspectivas económicas y sociales: los brotes de violencia son el único modo que tienen que articular su descontento. En lugar de caer nosotros mismos en fantasías de venganza, debemos hacer un esfuerzo para comprender las causas profundas de los estallidos. ¿Podemos siquiera imaginar lo que significa en un barrio pobre ser joven, mestizo, sospechoso por sistema para la policía y acosado ​​por ésta, no sólo desempleado sino también no empleable, sin esperanza de un futuro? La implicación es que las condiciones en que se encuentran estas personas hacen inevitable que salgan a la calle. El problema con este relato, sin embargo, es que sólo cuenta las condiciones objetivas de los disturbios. La revuelta consiste en hacer una declaración subjetiva, declarar de manera implícita cómo uno se relaciona con una sus propias condiciones objetivas.


Vivimos en una época cínica y es fácil imaginar a un manifestante que, atrapado saqueando y quemando una tienda, si se le presiona para que exponga sus razones, responda con el lenguaje utilizado por los trabajadores sociales y los sociólogos, citando cuestiones como escasa movilidad social, inseguridad creciente, desintegración de la autoridad paterna o falta de amor maternal en su más tierna infancia. Él sabe lo que está haciendo, pero no obstante lo hace.


No tiene sentido reflexionar sobre cuál de estas dos reacciones, la conservadora o la progresista, es la peor: como hubiera dicho Stalin, las dos son peores, y eso incluye la advertencia dada por las dos partes de que el peligro real de estas explosiones se encuentra en la reacción predeciblemente racista de la “mayoría silenciosa”. Una de las formas de esta reacción fue la actividad “tribal” de los vecinos locales (turco, caribeño, sikh) que rápidamente se organizaron en unidades de vigilancia para proteger su propiedad. ¿Son los comerciantes una pequeña burguesía dispuesta a defender su propiedad contra una protesta genuina, aunque violenta, contra el sistema, o son representantes de la clase obrera en lucha contra las fuerzas de desintegración social? Aquí también deberíamos rechazar la exigencia de tomar partido. La verdad es que el conflicto se dio entre dos polos de los más desfavorecidos: los que han conseguido funcionar en el marco del sistema en oposición a aquellos que están demasiado frustrados para seguir intentándolo. La violencia de los manifestantes estuvo dirigida casi exclusivamente contra su propio grupo. Los coches quemados y las tiendas saqueadas no lo fueron en los barrios ricos, sino en los propios barrios de los manifestantes. El conflicto no es entre diferentes segmentos de la sociedad; es, en su manifestación más radical, el conflicto entre una sociedad y otra, entre los que tienen todo y que no tienen nada que perder; entre los que no tienen ningún interés en su comunidad y aquellos cuya apuesta es la más alta posible.


Zygmunt Bauman ha caracterizado los disturbios como acciones de “consumidores defectuosos y descalificados”: más que nada, una manifestación de un deseo consumista violentamente escenificado, incapaz de realizarse en el modo adecuado: por la compra. Como tal, también contiene un momento de genuina protesta, en forma de una irónica respuesta a la ideología consumista: “¡Nos invitan a consumir, a la vez que nos privan de los medios para hacerlo adecuadamente; así que lo estamos haciendo de la única manera que podemos! “ Los disturbios son una manifestación de la fuerza material de la ideología, lo que desdeciría la llamada “sociedad posideológica”. Desde un punto de vista revolucionario, el problema con los disturbios no es la violencia como tal, sino el hecho de que la violencia no sea realmente autoasertiva. Es rabia impotente y desesperación enmascaradas como exhibición de fuerza, es la envidia disfrazada de carnaval triunfante.


Los disturbios deberían enmarcarse en relación con otro tipo de violencia que la mayoría progresista actual percibe como una amenaza a nuestra forma de la vida: los ataques terroristas y los atentados suicidas. En ambos casos, violencia y contraviolencia se encuentran atrapadas en un círculo vicioso, cada una de ellas generando las fuerzas que trata de combatir. En ambos casos, estamos hablando de ciegos passages à l'acte, en los que la violencia es un reconocimiento implícito de impotencia. La diferencia es que, a diferencia de los disturbios del Reino Unido o de París, los ataques terroristas se llevan a cabo al servicio del Significado Absoluto que proporciona la religión.


¿Pero no fueron los levantamientos árabes un acto colectivo de resistencia que evitó la falsa alternativa de violencia autodestructiva y fundamentalismo religioso? Lamentablemente, el verano egipcio de 2011 será recordado como el fin de la revolución, el momento en que su potencial emancipador fue sofocado. Sus sepultureros han sido el ejército y los islamistas.


Los contornos del pacto entre el ejército (que sigue siendo el ejército de Mubarak) y los islamistas (que fueron marginados en los primeros meses del levantamiento, pero que están ganando terreno) son cada vez más claros: los islamistas tolerarán los privilegios materiales del ejército y a cambio proporcionarán la hegemonía ideológica. Los perdedores serán los progresistas prooccidentales, demasiado débiles –a pesar de los fondos de la CIA que reciben– para “promover la democracia”, así como los verdaderos agentes de los acontecimientos de primavera, la izquierda laica emergente que ha tratado incesantemente de crear una red de organizaciones de la sociedad civil, de los sindicatos a las feministas. Antes o después, la situación económica, que empeora rápidamente, sacará a los pobres, en gran parte ausentes de las protestas de primavera, a las calles. Es probable que haya una nueva explosión, que plantee la difícil pregunta de quiénes son los sujetos políticos de Egipto que capaces de canalizar la rabia de los pobres. ¿Quién va a traducirla a un programa político: la nueva izquierda laica o los islamistas?


La reacción predominante de la opinión pública occidental ante el pacto entre los islamistas y el ejército será sin duda una exhibición triunfal de sabiduría cínica: se nos dirá que, como quedó claro en el caso de Irán (país no árabe), los levantamientos populares en los países árabes siempre terminan en un islamismo militante. Y Mubarak aparecerá como si hubiera sido un mal muy menor: mejor seguir con el diablo conocido que enredar con la emancipación. Contra tal cinismo, uno debería permanecer incondicionalmente fiel a la esencia radical-emancipatoria del levantamiento egipcio.


Pero también es preciso evitar la tentación del narcisismo de la causa perdida: es muy fácil admirar la belleza sublime de los levantamientos condenados al fracaso. La izquierda de hoy se enfrenta al problema de la “negación determinada”: ¿qué nuevo orden deberá sustituir al antiguo después del levantamiento, cuando el sublime entusiasmo del primer momento se haya acabado?
En este contexto, el manifiesto de los indignados (1) españoles, emitido después de las manifestaciones de mayo, es revelador. Lo primero que salta a la vista es el tono deliberadamente apolítico: “Algunos de nosotros nos consideramos progresistas, otros conservadores. Algunos de nosotros somos creyentes, otros no. Algunos de nosotros tenemos ideologías claramente definidas, los demás son apolíticos, pero todos estamos preocupados e indignados por las perspectivas políticas, económicas y sociales que vemos a nuestro alrededor: la corrupción de políticos, empresarios y banqueros, que nos deja indefensos, sin voz.”


Protestan en nombre de las verdades inalienables que deberían regir nuestra sociedad: “el derecho a la vivienda, el empleo, la cultura, la salud, la educación, la participación política, el desarrollo libre y personal y los derechos del consumidor, para una vida sana y feliz.” En su rechazo a la violencia, instan a una “evolución ética”. “En lugar de colocar el dinero por encima de los seres humanos, lo pondremos de nuevo a nuestro servicio. Somos personas, no productos. Yo no soy un producto de lo que compro, de por qué lo compro y a quién se lo compro.”


¿Quiénes serán los agentes de esta revolución? Los indignados descartan a toda la clase política, derecha e izquierda, como corrupta y poseída por el ansia de poder, sin embargo, el manifiesto consiste en una serie de demandas… ¿dirigidas a quién? No a la propia gente: los indignados (todavía) no afirman que nadie más lo hará en su lugar, que ellos mismos tienen que ser el cambio que quieren ver. Y esta es la fatal debilidad de las recientes protestas: expresan una auténtica rabia incapaz de transformarse en un programa positivo de cambio sociopolítico. Expresan el espíritu de revuelta sin revolución.


La situación en Grecia parece más prometedora, probablemente debido a la tradición reciente de autoorganización progresista (que desapareció en España después de la caída del régimen de Franco). Pero también en Grecia el movimiento de protesta muestra los límites de la autoorganización: los manifestantes mantienen un espacio de libertad igualitaria, sin autoridad central que lo regule, un espacio público donde a todos se les asigna el mismo tiempo de intervención, y así sucesivamente. Cuando los manifestantes comenzaron a debatir qué hacer a continuación, cómo ir más allá de la mera protesta, el consenso de la mayoría fue que lo que se necesitaba no era un nuevo partido o un intento directo de tomar el poder estatal, sino un movimiento cuyo objetivo sea ejercer presión sobre los partidos políticos. Esto claramente no es suficiente para imponer una reorganización de la vida social. Para conseguirlo, se necesita un organismo fuerte, capaz de tomar decisiones rápidas y ponerlas en práctica con todo el rigor necesario.


(Fuente: Rebelión. Fuente original: London Review of Books Traducción: S. Seguí).

sábado, 18 de junio de 2011

"El Premio" de Manuel Vázquez Montalbán


(Sobre la mercantilización de la literatura).

"Todo escritor es sus ventas. No sólo estamos en una economía de mercado, si no también en una cultura de mercado y en una biología de mercado".


(Sobre la Historia de España habla el personaje de la novela el Duque consorte de Alba, Jesús Aguirre).

"Tú lo has dicho, Mona. Deberíamos ponernos de acuerdo para volver a empezar bien la Modernidad. El siglo dieciocho. Después de Carlos Tercero, un nuevo impulso ilustrado, un enciclopedismo español. Las revoluciones hay que hacerlas a tiempo y lo peor que le puede ocurrir a una revolución es el destiempo como a la Soviética. Llegó demasiado pronto. La finalidad histórica de la Revolución Soviética sólo será posible en el próximo siglo y condicionada por la necesidad de sobrevivir, de repartir lo que nos dejen a escala planetaria todos estos tiburones planetarios".

miércoles, 26 de mayo de 2010

El lado oscuro de los libros electrónicos



Mucho se debate sobre el surgimiento del “libro electrónico”: las características de los dispositivos, la competencia por liderazgos en el negocio, el posible “fin” del libro de papel1 … sin embargo poco se habla sobre cómo muchas de las prácticas que habitualmente realizamos con los libros “analógicos” se perderán en el modelo propuesto por la industria para el mundo digital.
No más préstamos, no más regalos, no más donaciones a bibliotecas, no más anonimato, son algunas de las preocupantes consecuencias que traerá el sistema de comercialización de libros electrónicos, tal como quieren imponerlo las editoriales y los grandes jugadores del negocio.
La vida de los librosSi pensamos en el azaroso itinerario recorrido por los libros a través de su vida, encontramos que el período controlado por los aspectos más comerciales, es apenas al comienzo. Una vez que el libro sale vendido del estante de la librería, ni el autor, ni el editor o el distribuidor pueden imaginar su destino. Es ahí donde el verdadero recorrido del libro comienza. Conocerá lectores, estantes, cajones y mesas de luz. Será motivo de disputas y préstamos eternos. Pasará por tiendas de usados. Será olvidado en altillos por años y redescubierto por los nietos del dueño original. O quizás sea un heroico libro víctima de épocas de persecución y encuentre anónimos lectores que se atrevan a leerlo y protegerlo. Culminará con suerte en el santuario de los libros, la biblioteca. Sin embargo, todo este caótico recorrido no es inconveniente desde la perspectiva comercial, todo lo contrario.
Un mercado saludableCuando el objetivo es promover un mercado de libros activo y vigoroso, son esos hábitos y prácticas que rodean a los libros, motivo de fomento: las “librerías de viejo”, las bibliotecas de barrios, clubes o escuelas, los lectores generosos en intercambios, préstamos y recomendaciones. Son estos circuitos los que mantienen animado el interés por los libros y ponen de manifiesto la presencia de un público ávido por la lectura, que en definitiva, es quien estimula el mercado comercial: cerca de las bibliotecas y las librerías de usados, no faltarán los shoppings con sus vidrieras bien iluminadas, llenas de best-sellers y libros nuevos, un consumo quizás menos bohemio… pero mas redituable para el negocio. Desde siempre, ambos circuitos han convivido sin conflictos.
Sin embargo ¿cómo se proyecta en la plataforma digital toda esta cultura del intercambio? Ese es el problema, no se proyecta. Al menos, según las editoriales. Lo que en el mundo real es un signo de saludable de vida cultural, en el ámbito digital muchas veces es estigmatizado como “piratería”.
Una industria con miedoEn el mundo digital no hay diferencia entre original y copia. Tampoco copiar es algo excepcional, cada operación que procesa una computadora no es otra cosa que una copia de bits de un lugar a otro de la memoria o el disco. Por esto “copiar” se vuelve una tarea trivial, y sin costo. Acostumbradas a un negocio donde la venta de copias es la principal fuente de ingresos, es lógico que este nuevo escenario descoloque a la industria editorial. El problema es que cuando se piensa en quiénes deberían ser los encargados de decidir sobre cómo articular “el libro” con la nueva plataforma, a todo el mundo le parece lo más natural, que la industria editorial sea quien decida: cuando se diseñan los dispositivos, se toman en cuenta las necesidades de la industria, cuando se decide el marco legal, se consulta a los abogados especialistas de la industria, cuando se desarrolla el software, es a la medida de los requerimientos de la industria. Pero la industria editorial, asustada, es posible que no sea la mejor candidata para tomar todas las decisiones…
Que sea la escasez¿Cómo volver valiosa la copia, cuando la copia es lo único que no vale nada?, esa es la clase de preguntas que se formulan quiénes no hicieron otra cosa ¡que vender copias toda su vida!¿Y en que pensaron? no mucho ingenio, disponer de medidas que impidan y dificulten la copia… de esta forma la copia se vuelve nuevamente escasa y recupera su valor. Y la industria editorial satisfecha: se libran del problema de pensar en un nuevo modelo comercial y pueden seguir en lo suyo: vendiendo copias…
Para materializar nuevamente la escasez hay dos estrategias a aplicar: las medidas técnicas y las legales. Entre las técnicas, los sistemas de restricciones digitales especialmente implementados (como los DRM2 ), que impiden que el usuario haga más copias de sus archivos que las que haya decidido la editorial por él (generalmente ninguna), sumado a un modelo muy controlado de distribución, que hace posible que cada dispositivo de lectura (de los libros electrónicos) sea monitoreado desde un sistema central. Y entre las medidas legales, avanzar con modificaciones en las leyes que eliminen cualquier ambigüedad y dejen expuestos a los copiadores desobedientes a demandas legales, volviendo acciones aparentemente inofensivas, en delitos graves.
Prohibido prestarImpedir a los lectores copiar sus archivos tiene consecuencias profundas. La primera es bastante evidente, los libros ya no se podrán prestar. No se le podrá pasar a un amigo un ejemplar de un libro electrónico que hayamos comprado, porque habría que copiarlo de un dispositivo a otro, y los responsables del hardware y del software, por lo explicado en el párrafo anterior, se han esforzado para que esto sea completamente imposible. El préstamo de libros no es una práctica intrascendente: es la forma más sencilla de permitir el acceso a libros, de hacer de la lectura una actividad compartida, además de una muy efectiva forma de promoción boca a boca.
Otro aspecto, es que nada garantiza que el sistema anti-copia en el futuro, siga funcionando como se espera. Quizás el candado digital no pueda volver a abrirse. Cuando el dispositivo se vuelva obsoleto, si se necesita acceder al material guardado –como quien consulta un libro leído hace 30 años– no sólo se tendrá que lidiar con tecnologías anticuadas, sino también con un sistema de restricciones anti-copia anticuado3.
Los métodos legales para evitar que los libros se compartan no son mejores. Convertir en delito algo que antes era un práctica normal y arraigada implica ejercer cierta violencia simbólica sobre la sociedad. Cambiar nada menos que el “sentido común”, sólo para posibilitar un cambio en las costumbres que sean favorable ciertos intereses. ¿Qué consecuencias traerá en los valores de las sociedades, que se empiece a percibir el préstamo de libros como una actividad deshonesta o censurable? ¿Acaso eso ya no está sucediendo?
Alquiler, no ventaAl extremar el control sobre todo el circuito del libro, la industria editorial despliega una influencia inédita sobre cada aspecto de la relación entre lectores y libros. Lo que antes era sólo un manejo inicial, que terminaba cuando el libro salía de la librería –y entonces seguía su destino venturosamente incierto–, ahora se convierte en control total. Las tiendas de venta virtuales conservan un control sobre los archivos del usuario, tanto en el dispositivo de lectura, como en el servidor remoto. Más que una venta, la relación comercial que se plantea entre lector y librería se asemeja a un alquiler, sólo se compra el acceso a los libros. El modelo que las editoriales han decidido respaldar se parece más a los “pay per view” del cable, que a cualquier otra cosa.
Una lista de todo lo que leesHasta el momento, los sistemas que comercializan los libros electrónicos, son tiendas virtuales (como el caso de Amazon para Kindle), lo cual dificulta –sino impide completamente– la posibilidad de efectuar compras anónimas. Queda entonces un registro de cada venta efectuada, conformando un listado de todos los libros que lee cada consumidor. Sumemos lo centralizado del sistema, y la información acumulada se vuelve sumamente sensible. En épocas y países donde predomina la sensatez, esto no parece una amenaza, incluso se pueden aprovechar los beneficios de recibir una ajustada y precisa lista de recomendaciones, a partir de los hábitos de lectura propios.
Pero ¿qué ocurre en los momentos difíciles? es decir, cuando los gobiernos, por diversas circunstancias, avasallan los derechos de los ciudadanos4 . En ese caso, haber montado semejante sistema de registro sobre un aspecto tan sensible como son las lecturas de cada persona, permite construir un detallado perfil de tendencias políticas, ideológicas, y religiosas. Es un antecedente que horrorizaría a cualquier militante político con suficiente edad como para haber vivido el clima de persecución que prevaleció en latinoamérica hace algunas décadas, donde tener o no libros de determinados autores en su biblioteca podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.
¿Y las bibliotecas?La IFLA (organismo mundial que agrupa a los bibliotecarios) indica que “las bibliotecas juegan un papel crítico para asegurar el acceso de todo el mundo a la información, incluyendo las obras protegidas por derecho de autor, y que en el contexto digital esto no es diferente”5 . Pero de llevarse a cabo semejante recomendación, según las leyes de casi todo el mundo, las bibliotecas estarían entrando en la ilegalidad, al ofrecer por internet libros con derechos de autor, que tienen restricciones a la copia o difusión, o digitalizar material sin permiso. En este caso, el marco legal se adecua claramente a las demandas de la industria editorial, pero no hace nada por definir una función licita para las bibliotecas en el contexto digital. De seguir así, en un mundo donde los libros electrónicos reemplacen completamente a los de papel, no quedaría lugar para las bibliotecas, excepto para las obras en dominio público. Eso, si el dominio público sigue existiendo…
Libros libresUna respuesta al nuevo contexto digital, es la de aquellos que apuestan a la distribución sin trabas por Internet de sus libros electrónicos. Licencias como Creative Commons, dan un marco legal a esta modalidad, donde los lectores, a través de redes P2P, foros o blogs reviven en la red, los circuitos de préstamo y recomendación del mundo analógico, en una lectura compartida. Muchas grandes editoriales ya han publicado libros con licencias Creative Commons, aprovechando el potencial multiplicador de promoción que otorga la Web. Internet le da a los autores la posibilidad de dar a conocer sus obras, sin necesidad de pasar primero por las editoriales. Algunas de las perspectivas económicas que se abren a los autores son: ventas de libros de papel en proporción al número de descargas, beneficios de posteriores adaptaciones al cine o teatro, conferencias, donaciones o micro-pagos por descarga. Un caso paradigmático es la Colección Planta 29 editada en España, que publica sus libros en dominio público en la red y en papel, y obtiene beneficios de las ventas en papel, proporcionales al número de descargas: mientras más circulen las obras y más se las comente en blogs y sitios de la web, mejores números y beneficios para los autores.
  1. “Hasta ahora, los libros siguen encarnando el medio más económico, flexible y fácil de usar para el transporte de información a bajo costo. La comunicación que provee la computadora corre delante de nosotros; los libros van a la par de nosotros, a nuestra misma velocidad. Si naufragamos en una isla desierta, donde no hay posibilidad de conectar una computadora, el libro sigue siendo un instrumento valioso. Aun si tuviéramos una computadora con batería solar, no nos sería fácil leer en la pantalla mientras descansamos en una hamaca. Los libros siguen siendo los mejores compañeros de naufragio. Los libros son de esa clase de instrumentos que, una vez inventados, no pudieron ser mejorados, simplemente porque son buenos. Como el martillo, el cuchillo, la cuchara o la tijera” Así es como Umberto Eco despejaba los apocalípticos temores sobre la “muerte” del libro en una conferencia ofrecida en Alejandría en 2003, con motivo de la reapertura de la milenaria Bibliotheca Alexandrina. (publicada por el semanario Al-Ahram. Traducción de Sergio Di Nucci en Página/12.) []
  2. DRM son sistemas diseñados para impedir la copia. Según lo advertido por la campañas anti-DRM difundida por la “Free Software Fundation”, cuya consigna “defective by design”, indica el aspecto más controvertido de estas tecnologías, la inclusión deliberada de una “falla” en el sistema, para que no funcione tan eficientemente como debería. Para hacer una analogía, es como si volviésemos a los autos menos eficientes en el consumo de combustible, para que las empresas que lo venden puedan ganar más. En este caso volvemos a la tecnología digital menos eficaz para copiar, de lo que es capaz. []
  3. Un ejemplo paradigmático del precario desempeño de los medios electrónicos para preservar la información es el caso de las sondas espaciales Viking. A mediados de los 70, estas sondas transmitieron valiosa información desde Marte. Lo datos quedaron almacenados en cintas magnéticas. En 2001 fue necesario comprobar algunos datos de dichas cintas originales, pero el sistema era tan obsoleto que la NASA ya no tenía forma de acceder debido al formato. Los programadores de aquel momento ya habían muerto. Entonces, si se complica acceder a información –almacenada con la intención de ser recuperable– de hace tan sólo 25 años, ¿qué pasará con los libros electrónicos almacenados en dispositivos plagados de DRM de hace 50? ¿Qué tan difícil será eliminar el DRM obsoleto? []
  4. Un ejemplo reciente: como consecuencia del atentado del 9/11, el congreso de EE.UU. aprobó una “ley patriótica” que incluía la vigilancia en bibliotecas. Los bibliotecarios debían registrar el destino de determinados libros y identificar a quien los pedía. Esta disposición elevó las quejas de muchas organizaciones de derechos civiles, finalmente la ley dejó de estar vigente. Con el sistema electrónico, la ley no sería necesaria… solo habría que pedirle las bases de datos a las tiendas virtuales. []
  5. “Documento sobre la postura de la IFLA sobre los Derechos de Autor en el entorno digital”, aprobado por el Comité Ejecutivo de la IFLA en agosto 2000. Publicado en Correo Bibliotecario N°48. [
·Este artículo será publicado en la Revista Users #230.



Fundación Vía Libre

jueves, 25 de marzo de 2010

Homo aequalis


(Louis Dumont: "Homo aequalis". Taurus. 1999).


Individualismo vs Holismo.

Individualismo:
  • Lo económico.
  • Propiedad, riqueza.
  • Sociedad actual (excepcional).
  • Propiedad privada.
  • División del trabajo.
  • Relaciones humanas mediadas por cosas (necesidades).
  • Utilitarismo.
Holismo:
  • Lo político / lo moral.
  • Subordinación - jerarquía.
  • sociedades precedentes.
  • Relaciones hombre - hombre (sin mediación).
Metodología: genealogía.

Lo moral ---} Lo político ---} Lo económico.

Ideología económica: conjunto social de representaciones (liberalismo económico).

Axiomas:
  • Armonía natural de los intereses.
  • Seguimiento de leyes naturales. (Mano invisible).

martes, 16 de marzo de 2010


(Fernando Álvarez Uría y Julia Varela: "Sociología, capitalismo y democracia". Morata. 2004).


Teoría del libre mercado vs Teorías del contrato social (Rosseau).

Políticas de industrialización (Siglo XIX) guiadas por el liberalismo económico (Escuela Escocesa de Economía). Capitalismo industrial.

Sociología vs Economía: supeditar la lógica económica del mercado a la primacía del espacio social y político.

Pauperismo --- filantropía --- políticas pasivas de empleo: culpabilización del desempleado.

Sociología entendida como genealogía, como análisis explicativo de la génesis y desarrollo de los procesos sociales.

Capitalismo como horizonte insuperable de todo desarrollo social.
(Papel fundamental de la ciencia económica en la política).

El marxismo llegó a formar una cultura política basada en la primacía de la identidad obrera por encima de otras identidades.

La postmodernidad hace emerger otras identidades más allá de la esfera de la producción, -esfera del conflicto, de la lucha de clases-, tales como feminismo, consumo, ...

viernes, 5 de marzo de 2010

El nuevo espíritu del capitalismo


(Luc Boltanski y Eve Chiapello: "El nuevo espíritu del capitalismo". Akal. 2002).

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¿Qué sucede con la incertidumbre en las organizaciones que actualmente han adoptado el paradigma de "proyectos y redes"?

Precariedad vs autonomía.

Dimensiones de la crítica (frentes de indignación):

Crítica cultural: alienación.
  • Capitalismo como fuente de desencanto y de inautenticidad de los objetos, de las personas y de los sentimientos.
  • Capitalismo como fuente de opresión.
  • Capitalismo como fuente de miseria y desigualdades.
Crítica social: explotación.
  • Capitalismo com fuente de miseria y desigualdades.
  • Capitalismo como fuente de oportunismo y egoísmo.
Lo que los autores plantean como pruebas, deben entenderse como mecanismos de legitimación del capitalismo y de su espíritu.

Sociología de las redes y estructura social: alienación y explotación.

Explotación: juego de suma cero. Lo que unos ganan otros lo pierden.

La metodología propuesta de "construcción de ciudades" plantea los mecanismos de legitimación y los límites a las relaciones de fuerza.

Es un marco de regulación social.

Crisis sindical derivada también de la crisis de su organización interna (burocrática-inudustrial) frente a un mundo socioeconómico conexionista, en red.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Frases



Instruyámosnos, porque tendremos necesidad de toda nuestra inteligencia.

Actuemos, porque tendremos necesidad de todo nuestro entusiasmo.

Organicémonos, porque tendremos necesidad de toda nuestra fuerza.

("L'Ordine Nuovo". Antonio Gramsci).

domingo, 14 de febrero de 2010

Antes de que se vayan todos


  

(Artículo de "Público", 14/2/2010, de Juan Carlos Monedero.
http://blogs.publico.es/dominiopublico/1834/antes-de-que-se-vayan-todos/).

Contaba Jesús Ibáñez la historia de un monje zen que quiso dar la última lección a su discípulo. Después de años aprendiendo a diferenciar entre la verdad y la mentira, el aprendiz llegó a la sala de meditación y vio cómo el maestro ponía una vara sobre su cabeza. El anciano habló: “Si me dices que esta vara es falsa, te daré con ella en la cabeza. Si me dices que es verdadera, te daré con ella en la cabeza. Si guardas silencio, te daré con ella en la cabeza”. El miedo se abatió sobre el joven monje. No tenía mucho más remedio que asumir el golpe. La cercanía del castigo, la certeza de que la sentencia dependía de su respuesta y la propia sorpresa lo postraron a los pies del maestro en una actitud de total sumisión.

Una estaca pende sobre la cabeza de los que vivimos en este país interrogado que llamamos España. Nuestra sala de meditación muestra, por un lado, melancolía, miedo, resignación y frustración. Son los que esperan el golpe. Por otro, rabia, odio, oportunismo y seguridad. Son los que creen en las bondades del castigo. El bastón está firme en las manos de los respectivos maestros. Lo son precisamente por tenerlo en sus manos. Arrodillados, esperamos el castigo.
En el mismo momento en que se discute que los trabajadores tienen que alargar su vida laboral, cuando cobrar una pensión será más dificultoso o habrá que pagar más por los servicios, conocemos que un banco ganó casi 9.000 millones de euros. Los mismos que remuneran los depósitos con intereses que apenas cubren la inflación, que han sido inflexibles con los que no han podido cubrir las hipotecas, los mismos que han justificado con la crisis la necesidad de aumentar los costos de la intermediación bancaria o despidos de trabajadores, los que han negado créditos a pequeños empresarios que se la jugaban todo en ese préstamo, resulta que han vuelto a repetir resultados espectaculares. Menos mal, nos dicen. De lo contrario, sería aún peor.

Al tiempo que observamos cómo la cifra de parados supera los cuatro millones de almas, cuando un millón ya no recibe ningún tipo de ayuda, vemos acuerdos secretos entre partidos para repartirse el botín de la gerencia de una gran caja de ahorros, enredos apenas clarificados gracias a un oportuno micrófono abierto que ayuda a diferenciar entre hijoputas del mismo grupo de presión y adversarios ideológicos de lo que, al fin y al cabo, parece ser también el mismo grupo de presión, eso sí, presentados en diferentes envoltorios que garanticen que, en cualquier caso, el resultado no tendrá sorpresas.

Los trabajadores ven endurecer sus condiciones laborales, y el presidente de la patronal, todo un dechado de virtudes, insiste sin que le tiemble la voz en que la solución no pasa por que los empresarios paguen impuestos, cumplan sus compromisos o contraten y facturen legalmente, sino por acercar las condiciones laborales a las de hace un par de siglos.

Un presidente regional dice que hay que mover el Gobierno de Zapatero, eso sí, después del semestre europeo –cuyo éxito medimos por la cercanía del beso de Obama a la comisura de los labios de la vieja Europa– y la intelectualidad guerrista propone una "grosse koalition" entre el PSOE y el PP como particular estrategia para que parezca que todo cambia sin mudar de sitio.

España, dicen los eternos sabios,
–los mismos que han hundido la economía mundial pero tienen la virtud de gozar de frágil memoria–, está en riesgo. La vara pende sobre nuestras cabezas. Cualquier persona responsable sabe que no se puede hacer nada. ¡Son los datos, estúpido! Negar la complejidad de los problemas es una frivolidad. Los partidos políticos nos recuerdan la necesidad de ser responsables: esto es lo que hay. La lógica del sistema no permite cambios sencillos.

La Constitución de 1978 reforzó a los partidos en un país que salía de un régimen donde ser demócrata era delito. Los partidos políticos suelen ser heroicos en la clandestinidad y, con frecuencia, vulgares en la legalidad. La gobernanza, esa nueva palabra que quiere lavarle la cara a la malhadada gobernabilidad, asume el descrédito de los partidos y la dejación del Estado social e invita a la sociedad civil a gestionar lo público. Pero ningún individuo, ninguna ONG o movimiento social tiene los recursos y habilidades de lobbies y grandes empresas. Se acerca el golpe de la inevitable vara.

¿Todo es muy complicado? De acuerdo. Busquemos entonces cambios complicados. Complicados de verdad. Compliquemos esta lógica política que nos ata de pies y de manos. El “que se vayan todos” puede formar pronto parte de nuestro paisaje político. Un verdadero problema. Y hay muchas razones para perder el respeto a nuestros partidos políticos. El conservadurismo hispano, fiel a sus intereses, a sus odios bien construidos, al regalo, único en Europa, de haberles permitido ser demócratas sin haber sido antifascistas, se mueve con soltura en la sala donde la amenaza del castigo sobrevuela nuestras cabezas. Improvisaciones, mentiras, ocultamientos de otros sectores les ayudan. Va siendo hora de levantar todas las caretas.

En el salón de la meditación, el aprendiz titubea. Ante tamaña disyuntiva, la única solución pasa por quitarle la vara al maestro y dictar nuevas reglas. Sin nuevas normas, sólo resta esperar el golpe. “Cuando algo es necesario e imposible –decía Ibáñez–, hay que inventar otra dimensión”.

En democracia, los partidos políticos son necesarios. Pero cada vez es más evidente que no necesitamos diferentes combinaciones de los mismos partidos, sino, precisamente, otros partidos políticos. A poder ser, un poco antes de que se vayan todos.

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En este contexto, en esta encrucijada, se encuentra la Refundación de la Izquierda.
¿Somos un partido como los demás? Radicalmente, no. Somos un movimiento socio-político, anticapitalista, republicano, federal y alternativo.

Y no es un juego de palabras para despistar a los confundidos. Somos un movimiento político-social, porque no nos gusta el funcionamiento burocratizado y esclerotizado de los partidos políticos al uso. Somos un movimiento porque queremos articular las demandas sociales, hacerlas nuestras plasmándolas en un proyecto político nuevo que dé soluciones a los problemas de los ciudadanos. Porque, somos un movimiento de ciudadanos y no nos debe frenar la situación interna de lucha de familias por el poder interno y el control de la organización. Porque somos, en definitiva, un instrumento al servicio de una ciudadanía comprometida con la democracia, que más allá de un mero procedimiento de representación y ocupación del poder efectivo, que la entiende como una cultura de participación de igual a igual, de compromiso con la igualdad, la equidad y la justicia, de lucha contra los poderosos que no nos dejan ser lo que deseamos ser, porque nos dicen que es imposible, que no se puede hacer.

Si somos los suficientes y estamos convencidos de lo que hacemos y de lo que decimos, estaremos en disposición de decir que no queremos que la economía esté al servicio de ella misma o de los grandes negocios, si no de las necesidades de las personas, que es un medio para que las personas se ganen el sustento y no un fin en sí misma; que el desempleo se combate con inversión y con políticas públicas de protección adecuadas para una situación que debe ser siempre coyuntural y no estructural, tanto en cuantías como en duración. Porque ningún desempleado quiere pasar "los lunes al sol".

Por eso, somos anticapitalistas. Porque rechazamos el status quo de las grandes empresas, de la gran banca, de las transnacionales que sólo buscan su interés particular, sus beneficios, y no el interés de la mayoría, el interés social. El egoísmo, la avaricia, la codicia no son las piezas del motor de la economía, si no la satisfacción de necesidades. La economía debe estar al servicio de la sociedad y no a la inversa, como nos hacen creer las instituciones económicas y sus imperativos de control monetario.

Por eso apostamos por la educación pública, no por aquella que por una mal entendida libertad, la plantea como un negocio y como fuente de desigualdad social. Eso no es la libertad, si no la intención de mantener privilegios y reductos sociales exclusivos para una minoría. Queremos una educación pública para hacer ciudadanos formados integralmente, activos, críticos y participativos en su vida vecinal, social. Poque no somos individuos, somos sujetos sociales.

Somos republicanos porque somos profundamente democráticos. La democracia es el poder de cualquiera, es el ejercicio del poder para el beneficio de la mayoría, no de unos pocos, no de unas élites político-económicas. Nos gusta decir, porque así lo sentimos, que la democracia es algo más que la simple representación de intereses en un parlamento, en un ayuntamiento. Es la cultura, el ejercicio democrático de los ciudadanos que debaten, se organizan y plantean sus demandas, sus quejas y se les escucha y se les da cobertura y solución a sus propuestas absolutamente legítimas.

Si la democracia es el poder de cualquiera, mal encaja con que el jefe de estado lo sea por motivos de nacimiento y herencia. El jefe de estado puede ser cualquier ciudadano, elegido por la mayoría por un tiempo determinado para que lleve a cabo su programa de acción política.

Somos federalistas porque nunca nos hemos creído ese lema publicitario de "España, una, grande y libre", pese a que nos lo han estado inculcando más de cuarenta años y aún algunos persisten en ese manoseado lema que pretende una falsa igualdad, un deseo de falsa homogeneidad, que lo que pretende es el mantenimiento de privilegios de clase. Frente a un estado rico, precisamente por su heterogeneidad pos sus idiomas e Historia, por sus lazos de pertenencia a una comunidad, que logra su encaje en una comunidad más amplia, en las que el respeto a la diferencia, a esa heterogeneidad, quedan salvaguardadas en un proyecto federal inclusivo con un proyecto común de vida.

Y finalmente, somos alternativos, porque queremos la transformación social, la transformación de estructuras que nos llevan a la ley de la jungla, el sálvese quien pueda, la ley del más fuerte. Vivimos en sociedad y en ella deben regir los prinicipios de cooperación y solidaridad, de ayuda mutua. Ya lo dijo aquel: "a cada cual según su necesidad, a cada cual según su capacidad". 

Por eso estamos inmersos en la Refundación de la Izquierda, porque estamos convencidos de que se puede hacer política de otra manera, porque queremos hacer un frente común de personas que creemos firmemente que otro mundo es posible.

Y para eso necesitamos a mucha gente, profundamente democrática, anticapitalista, republicana, con una idea federal del estado y con una visión alternativa a la que nos cuentan los medios de manipulación de masas.

En esas estamos.

martes, 9 de febrero de 2010

El año que tampoco hicimos la Revolución




Ya lo sé. esta imagen ya ha salido en una entrada anterior, pero hoy he recibido un artículo sobre la crisis económica y la desigualdad social, de parte de un buen amigo y no me he resistido a responderle con el siguiente correo:

Verás, a veces se compran los libros por el sugerente título que lucen en la portada.

Hace unos meses me compré uno que llevaba por curioso título el de "El año que tampoco hicimos la Revolución". No menos curioso era el autor, Colectivo Todoazen.

El libro no es, ni más ni menos, que el intercalado, (copia y pega, sin más) de noticias aparecidas en prensa escrita de ámbito estatal sobre cuestiones económicas y laborales, una detrás de otra.

Esto es, puedes leer como la transnacional X presenta ante los medios unos beneficios anuales del 65% (en muchísimos casos la cifra es superior a la apuntada y en muchísimos menos casos la cifra es inferior); para, seguidamente leer que la empresa Y plantea una reducción de plantilla al no obtener los resultados apetecidos, dentro de una estrategia de reducción de costes, o que la patronal Z propone que la subida salarial no puede ser superior al 2% por la escasa productividad del trabajo, cuando los beneficios, lees en el siguiente párrafo, de la empresa W han superado todas las expectativas al alcanzar el 125% o que los accionistas de la empresa F han recogido enormes beneficios debido al histórico ciclo alcista que lleva la bolsa. Otra empresa ha decidido trasladar su producción manufacturera a Marruecos ya que, en ese país, los costes laborales son inferiores.

Todo esto que no es nuevo, ni novedoso, para los que leemos prensa diaria, te supone un shock cerebral de aúpa cuando lees ese tipo de noticias una tras otra a lo largo de más de 200 páginas. El caso es que uno lee todos estos datos sobre la puesta en marcha del neoliberalismo y sus consecuencias sobre la clase obrera y piensa ..., joder que título más oportuno para el dichoso libro de los cojones.

Luego te cuentan algunos que eres un antiguo; leer a Marx y ser marxista o marxiano, ja, ja, ja. Pero qué antiguo, te dicen ellos, los modernos, los que están al cabo de todo.

Joder, es mucho más antigua la ley de la gravedad y no por eso deja de operar todos los días, digo yo.

Pero ya sabemos porqué no se hizo la Revolución: nunca han sido tan transparentes las desigualdades, porque es que además presumen y hacen ostentación los ricos y los que son "ricos virtuales ("me compré una casa por q y ahora me dan q + 100"). Son las conocidas como causas objetivas.

Pero nunca han estado tan lejos las condiciones subjetivas: se ha hecho de sentido común que las desigualdades son "naturales" (?) porque las personas son vagas, no se esfuerzan lo suficiente, no estudian y, en definitiva, que cada uno tiene lo que se merece. Ya lo creo, que se lo pregunten a Botín, por ejemplo. 

En suma, que las desigualdades de naturaleza, esta sí, social, se han transformado por parte del discurso hegemónico neoliberal y neoconservador en desigualdades individuales, de cada una de las personas. Nos hemos convertido en átomos en un magma social que se encarna en el mercado, que es donde se dan los lazos de sociabilidad mediante el intercambio. ¡Toma ya! Pero es que te lo dicen así y se quedan tan a gusto, que para eso les amparan los que saben (Financial Times, Wall Street Journal, Expansión, Cinco Días, el Banco Central Europeo, el FMI, la OMC, el imbécil de Almunia o el sobrado de inteligencia del Solbes) y si les discutes, te dicen que no tienes ni idea, que eres un ignorante. Claro, sí es que es de sentido común.

Y luego me pregunta algún moderno que con los años que tengo y considerándome una persona inteligente y culta, cómo me hecho comunista ... Lo que me duele es no haber militado en el PCE toda mi vida.

¡Socialismo o barbarie! (Y nos hemos decidido por la barbarie, así, sin más).

Salud, compañero, y recuerda que no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo.