jueves, 25 de agosto de 2011

Crisis y Constitución



¿Se acuerdan de que había que refundar el capitalismo? ¿Se acuerdan de que el prócer de la patronal española, el Sr. Ferrán, manifestaba que había que poner un paréntesis en la economía de mercado? ¿Se acuerdan de que había que poner coto a los paraísos fiscales? ¿Que se hablaba de poner en marcha una suerte de Tasa Tobin a las transacciones bursátiles transnacionales? ¿Aquellas pomposas reuniones del G-20? ¿Aquellos sentimientos de culpa?

Pues de eso, a fecha de hoy, nada de nada.

La Unión Europea y, concretamente, el espacio económico europeo ha demostrado a lo largo de toda la gestión de la crisis su endeblez y el papel del Banco Central Europeo ha quedado muy mal parado por su propia inoperancia para afrontar la crisis de la deuda de los diversos países miembros: ya han caído Grecia, Irlanda y Portugal.

Algunos pensaban que la política económica neoliberal había tocado fondo. Su programa económico ha sido realmente el causante de la crisis: desregulación de la actividad económica, trasvase de rentas del trabajo a las rentas del capital, procesos de privatizaciones del sector público cada vez más raquítico, proceso de globalización, financiarización de la actividad económica, ...

Los neokeynesianos afilaban sus cuchillos: veían el momento de establecer un verdadero debate sobre política económica. Los economistas "radicales", la verdadera izquierda económica, observaba el cumplimiento de sus proposiciones y la posibilidad cierta de dar un giro a la política económica, dando el protagonismo al Estado como el agente económico principal y poner coto a la desregulaciòn económica creciente, plantear una política fiscal justa, equitativa y solidaria, estatalizar sectores de la actividad primordiales, poner coto al "juego de azar de las bolsas", proporcionar el protagonismo a la actividad económica productiva frente a la especulativa, ...

El neoliberalismo había tropezado, pero no caído. No por el momento. Sólo había dado un traspié y estaba tomando aire para volver a la ofensiva. Ya están aquí: los planes de ajuste positivo de las economías quebradas de Grecia, Irlanda y Portugal son la mejor muestra de ello. Las políticas de ajuste del resto de economías de la Unión Europea son otros buenos ejemplos. Se vuelve a incidir en más de lo mismo. No funciona, pero eso da igual. El interés propio, el egoísmo, la avaricia, el beneficio económico a costa de lo que sea son los motores de la economía. La política debe plegarse a ellos, no debe interferir en su libre funcionamiento. Debe asegurar ese funcionamiento.

De ahí, la propuesta de fijar constitucionalmente el límite del déficit público. No se plantea establecer una política fiscal justa, equitativa y solidaria, en la que aporten más los que más tienen, los que más ganan para incrementar los ingresos del Estado y no malbaratar el exiguo Estado de Bienestar; o establecer un sector público potente cuyos beneficios económicos contribuyan a los ingresos de las arcas del Estado y permitan no sólo mantener, si no mejorar e incrementar políticas sociales y de lucha contra el desempleo en estos momentos de grave crisis económica.

De eso nada. Se trata de mantener a toda costa y con garantía constitucional los beneficios de las clases ricas, de las más pudientes a costa de las necesidades reales de los trabajadores y de los desempleados. Es el gobierno de los ricos para los ricos.

Se quieren dar prisa en aprobar la reforma de la Constitución en esta misma legislatura y sin convocar un referéndum. En un apaño entre las fuerzas conservadoras de nuestro Parlamento. Por eso no quieren que votemos. Porque saben que la mayoría de la población no es rica y es difícil que se vote en contra de nuestros intereses.

No hay tiempo para reformar la Ley Electoral, pero sí para fijar un límite al déficit público. No hay tiempo para mejorar la representatividad política en nuestro Parlamento. Es la política de una minoría para otra minoría.

Lo llaman Democracia y no lo es.